lunes, 5 de septiembre de 2011

Lost: Tú no estás en la lista



Sí, querido lector y seguidor de Lost, aquí aparece uno de los grandes misterios de la Isla, descubrir que Kate no está en la lista, pero John parece que sí.
La interrupción de Rousseau avisándonos que han encontrado la verja cargada electromagnéticamente, nos aleja de este comentario del ruso Dimitri.
¿Qué puede significar ese comentario que hasta muy avanzada la serie no descubrimos? Aquí, aunque sigamos un orden cronológico intentando no desvelar nada fuera de lo adecuadamente rítmico de la trama, ha pasado tiempo suficiente desde que la serie dejara de emitirse, como para no trastocar la evolución de la serie para los nuevos espectadores de la misma; o a los que hacemos una revisión.
¿Puede haber gente seleccionada en esta Isla para algo? ¿Hay gente que es especial o tratada especial? Parece que sí. Y como en la vida misma, esa clase de diferencia, de injusticia diríamos, o de suerte para otros, se presenta constantemente.  Sin motivo aparente, sin justificación lógica, hay gente habitualmente favorecida, o que todo les resulta más fácil. O que las cosas casi siempre les van bien. En cambio hay otros a los que de manera continuada, persistente, la realidad les va provocando dramas, conflictos, es como si la fortuna les diera la espalda a ellos.
Es cierto, que en la mayoría de los casos somos agentes causales y merecedores de nuestra propia fortuna; pero no ocurre siempre, ni en todos los casos. En muchos casos parece que el hado de la fortuna tiene caprichosos designios, buenos o malos dependiendo de hechos aleatorios.
Y eso es algo que se reproduce también en los supervivientes del vuelo Oceanic 815, a lo largo de los flashes backs, de las situaciones que dejan a los pasajeros atascados en la isla, ese fenómeno se da una y otra vez.
Como tras la búsqueda para rescatar a Jack, esto les aporta una inesperada sorpresa.
Como una tela de araña, esa Isla está llena de sorpresas, como las de John con el hombre de Thallahassee.
Jose López 5 septiembre 2011

lunes, 1 de agosto de 2011

Crisis y desorientación


Las crisis generan desorientación. Solo así, desnortados, podemos atrevernos a comprobar que la opción revolucionaria es preferible a la opción conservadora. La desorientación es posterior a la sensación de pérdida, y mucho más prolongada que el estado de shock y alteración generado por el accidente, por el nuevo mito fundador. Hace ya tiempo que el motor estalló, que los restos de la nave se pudren en la playa de la isla. Hace tiempo tambien que una primera desorientación pasó, para ceder el protagonismo a una mayor y más intensa, marcada por la sensación de estar desaparecido de un mundo que hasta ese momento fue el nuestro. No en vano, Lost se tituló en algunos países latinoamericanos como Desaparecidos, pues sus personajes habían quedado fuera del juego habitual, extraviados de la geografía ordinaria con sus latitudes convencionales. Es como cuando uno sale de su país, atravesando la frontera, y ya al otro lado de la barrera es consciente de que su persona no existe en la patria de origen. Es, más que un emigrante, un exiliado o un apátrida, un desaparecido, desvanecido de una dimensión para aparecer en otra, a la que, obviamente, cuesta habituarse.

El complejo desarrollo de la serie Lost, conforme avanzaban sus temporadas, despertó todo tipo de hipótesis sobre su sentido último. Para algunos podría ser que los supervivientes estuviesen muertos o en una suerte de purgatorio. Para otros, los perdidos estaban realizando un viaje en el tiempo o se hallaban, de alguna manera, influidos por la intervención de naves espaciales o de alienígenas. Había también quien sostenía que todo lo que sucedía tenía lugar en la mente de uno de los personajes. E incluso tampoco faltaron los que defendían que la isla era un simple plató de televisión y que los supervivientes eran participantes involuntarios de un sofisticado programa de reality show, un poco al estilo de la película El show de Truman. Sin embargo, nada de esto definía el sentido último de la serie, que un visionado con “otros ojos” podría revelar. Pues si, ciertamente, la contemplábamos con ojos estrictamente científicos, puramente paranormales, ajustadamente psicologistas o llanamente mediáticos, nos estábamos quedando en su periferia, reveladoramente desorientados por sus propias trampas, quien sabe si puestas allí de manera consciente o inconsciente por los guionistas. Porque, al fin y al cabo, ¿podemos afirmar que los guiones son una obra única de sus guionistas o intervienen “fuerzas” del inconsciente colectivo que ellos ni controlan ni tan siquiera sospechan que existen?

Hay que mirar de otra forma. El ojo abierto con que comienza la serie lo deja bien claro desde el primer momento. Por ello, cuando arranca la cuarta temporada todavía permanece la incertidumbre acerca de si los tripulantes del carguero Kahana tren la salvación o la destrucción. Pronto van a llegar a la isla las personas que iban en el barco, mientras que avances en el tiempo nos introducen la vida futura de los “6 del Oceanic” que lograron salir de la isla para tratar de seguir con sus vidas. Pero no es tan fácil. Una vez rota la línea la desorientación se establece de modo crónico. Y así les pasa a todos aquellos que inician un viaje de transformación interior, incluso les sucede a las naciones en su periplo histórico, tras las revoluciones, guerras o cambios drásticos. Lo que sirve para el interior sirve para el exterior. Es una ley demasiado arraigada como para perderla de vista. Razón por la cual una aventura aparentemente exterior como la de Lost está, en realidad, radiografiando las derivas y desorientaciones internas. Porque tiene que ser así y no puede ser de otra manera. Toda crisis genera desorientación. La isla es un punto en el océano que no sale en los mapas, sin norte. Los 6 del Oceanic permanecen desorientados en sus nuevas vidas, los que se quedan no experimentan más certidumbre en la isla. Se trata de una paradoja. La desorientación profunda, definitiva, es la que marca la nueva dirección. No se trata de una desorientación ocasional, superficial, transitoria, esta es definitiva. Hemos de volverlo a repetir. Definitiva. Sin los habituales finales felices. Vivir en la desorientación para encontrar un nuevo continente. Perderse para hallar. Desaparecer para reaparecer. Morir para vivir. Tal es uno de los mensajes últimos de la serie. ¿Demasiado sofisticado? ¿Demasiado zen? ¿Demasiado místico? Demasiado real, en todo caso. Demasiado real.

Gil-Manuel Hernàndez

miércoles, 1 de junio de 2011

La auténtica revolución



Cuántas veces, por calles y plazas, se ha extendido la llamarada de la Revolución. Así, en mayúsculas, como una diosa poderosa que despliega sus brazos y con este simple gesto inunda las ciudades de un nuevo aire, el aire de la transformación radical de las viejas estructuras, de las caducas formas de pensamiento, de modos oxidados y formulas carcomidas por la inercia y la miseria. Cuántas veces el ser humano ha creído en esta diosa y la enaltecido, le ha levantado altares, proclamado leyes y encendido antorchas. Cuántas veces no hemos confiado, los humanos, en las bondades de la mítica y esperada Revolución, hasta el punto de convertirnos, como los judíos en la espera eterna de su Mesías, en sus más fervorosos creyentes. Solo así, pensábamos, acabarían las injusticias, se abolirían las guerras, reinaría la igualdad y la felicidad asentaría sus reales entre nosotros.

Pero cuántas veces también no nos hemos decepcionado, desanimado, desencantado, al comprobar, con una mezcla de tristeza y horror, que la Revolución se devoraba a si misma, que las plazas que albergaban los júbilos transformadores se poblaban de cadalsos vengadores y exaltadas multitudes enloquecidas por el olor de la sangre y la guerra. En cuantas ocasiones las revoluciones que parecían hacer realidad nuestros sueños fueron brutalmente reprimidas o, al triunfar, se convirtieron en sórdidas pesadillas, en prisiones gigantescas para el pensamiento, en degradadas cloacas de las primigenias ideas de libertad. Y sin embargo, el espíritu revolucionario está ahí, constantemente listo para emerger, pues las sociedades complejas tienden siempre a ser injustas, desiguales y estúpidas, y parecen progresar en todo salvo en lo esencial: en la transformación interna de cada uno de sus individuos. Quizás es por ello por lo que, hasta ahora, han fracasado todas las revoluciones en su programa de máximos. Porque se han quedado a medias, porque pese a algunos estimables logros han sido básicamente revoluciones exteriores, colectivas y sociales, sin ser a la par revoluciones en lo más hondo de cada persona, en lo más profundo de cada vida. Todas ellas glorificaron al “hombre nuevo”, que tan trágica y poéticamente enalteciera el presidente Salvador Allende, pero siempre acababa por regresar el “hombre viejo” a hacerse cargo de todo, pervirtiendo incluso las novedades positivas instauradas por la revolución.

En Lost, sin embargo, se levanta la bandera de la auténtica y verdadera revolución, la revolución interior, la cantada por los místicos. La isla es su plaza, su ágora, y el grandioso océano del inconsciente, es su contenedor. En medio, los personajes, confrontados a su impostergable transformación. Personajes a la busca de si mismos como autores de sus vidas. Y en este trance no valen demasiado las ideologías seculares ni las religiones convencionales. Ni las arengas partidarias ni las más manidas soflamas de la derecha y la izquierda, el progresismo o el conservadurismo. No, se trata de otro territorio, de otra lucha, de esa esforzada e íntima yihad que el Islam sufí define como la lucha interior, la difícil prueba que consiste en enfrentarse a los propios policías, a las más interiorizadas oligarquías de la psique, a los monstruos más represores de nuestro inconsciente para alzar los adoquines de la mente empobrecida y buscar bajo ellos esa playa que es la playa de la isla de Lost.

Una cosa es cierta, para que haya revolución ha de haber crisis. Y de la misma manera que las crisis sociales preparan las futuras revoluciones, las crisis personales hacen lo propio con las revoluciones internas. Incluso más, pues del mismo modo que la obsesión moderna con el crecimiento es la traducción compensatoria, aunque pervertida y deformada, de la aspiración interna de los individuos al crecimiento personal, las por lo general truncadas revoluciones externas traducen simbólicamente el constante anhelo de transformación interior. Así, en la isla de Lost los personajes afrontan su crisis personal, traducida, de alguna manera gráfica, por el accidente aéreo fundador de su epopeya colectiva, como una preparación para su revolución interior. La caída del avión del vuelo 815 Oceanic es la caída de “su” Bastilla. A los accidentados ya no les valen las excusas, los proyectos repetidamente fracasados, las huidas hacia delante, las grandes palabras e ideas. No tienen más remedio que, animados por el famoso humo negro, por la sombra, hacer estallar los polvorines, tomar las armas y lanzarse a las calles y plazas de su ser, alzando las barricadas, demoliendo los viejos castillos y enarbolando el estandarte del cambio. Solo así la revolución triunfa, aunque costará esfuerzo, sudor, sufrimiento y lucha, mucha lucha. El mundo exterior continuará ahí afuera, circundándolos, pero los héroes de Lost se querrán quedar, ya iniciada la revolución, en su isla, en su proceso, en su territorio liberado, con su tesoro recién descubierto.

Recordemos que la serie Lost comenzó a emitirse en Estados Unidos en 2004 y finalizó su emisión en 2010. Dos fechas entre las cuales el mundo se ha estado agitando con la guerra de Afganistán e Irak, con el terrorismo mundial de Al Qaeda, con el aumento de las desigualdades, con el agravamiento de la crisis ecológica y a partir de 2008, con una crisis económica de magnitudes globales. Es evidente, pues, que el mundo afronta una grave crisis sistémica que va más allá de lo económico y político para adentrarse en lo psíquico. Y en cierto sentido, la serie Lost, que crece y se desarrolla sintomáticamente en este periodo, recoge de forma simbólica los vientos de esa crisis y los traslada al plano íntimo y personal de las vidas de unos individuos a los cuales no les queda otra opción más que, o seguir durmiendo como sonámbulos, o iniciar su propia metamorfosis.

No en vano en la tercera temporada (emitida entre 2006 y 2007 en Estados Unidos) esta última opción se aprecia cada vez con mayor énfasis. Los personajes empiezan a descubrir una fuerza mayor que sus egos, ligada a la magia de la isla, y comienzan a comprender, no sin dolor, que se han de unir, de algún modo, a esa fuerza. Una fuerza que es, por definición, revolucionaria, pues trastoca completamente sus anteriores cosmovisiones, que los flashbacks subrayan, para impulsar a esos seres, intensamente conmovidos, por la senda de la transformación. Es justo en este momento de la serie, casi en su ecuador, cuando los perdidos se plantean seriamente dar por perdido su mundo caduco y “perderse” en el fragor de la revuelta. Las fuerzas ya están desatadas y nada las podrá parar. Como cuando estalla la Revolución.

Gil-Manuel Hernández i Martí

jueves, 26 de mayo de 2011

El humo negro ¿Dónde estamos? ¿Qué es esta Isla?




Lo enigmático estimula nuestra capacidad de interrogarnos, M. Heidegger.

Esta afirmación nos ocupa casi todas las temporadas de Lost. Efectivamente, como en la vida real, los procesos generan preguntas y más preguntas, pero no hay apenas respuestas.

Curiosamente, esa falta de respuestas se la concedemos a la vida, pero en la ficción cinematográfica o televisiva soñamos con la utopía o fantasía de tener respuestas, y eso lo mueven muy bien los guionistas de esta serie. Crean, así, muy variadas expectativas que irán in crescendo, de forma que el desajuste de ritmo de la segunda temporada va desapareciendo, al tiempo que se complica la trama.

Eko aprende muy rápido y fatalmente que el humo negro se manifiesta con imágenes de los seres queridos, de los apegos diríamos analíticamente de los personajes, es una especie de juez cruel y arbitrario que maneja ciertos hilos del lugar, convirtiendo a la Isla, en algo más que un trozo de tierra rodeado de agua salada por todas partes. Pero aún hay mucho material antes de adelantar que es el humo negro amenazante.

Ben le hace ver a Sawyer que están en otra isla alejada de la Isla de todos; dos islas separadas por el océano, pero unidas en un único propósito, algo que aún tienen que descubrir los náufragos y que no dominan del todo los habitantes habituales, conocidos como Los otros.

Mientras Sawyer y Kate viven desesperadamente el amor que se genera en muchos seres humanos cuando creemos que el fin está cerca…un último deseo de supervivencia.

En el capitulo “No es en Portland”, por primera vez vemos, sin saberlo, personajes de relevancia que saldrán a lo largo de la serie y que conectan la isla, más aun con lo mistérico; Juliette piensa en que un bus arrolle a su ex y eso sucede, a la manera de las dejá vu o las premoniciones, o incluso de algún tipo de sincronicidad, y eso la aterra.

En esos momentos veremos también la paradoja de Desmond, que nos hará pensar más aún en lo bizarro de la isla, en esa extraña combinación de eventos extraños que rodean a todos los habitantes del lugar.

Interesante descubrir como Jack es marcado por Achara, una asiática con el don de ver como es la gente y la implicación que lleva eso. Jack es marcado con la frase en chino: “El camina entre nosotros, pero no es uno de nosotros”.

Frase que nos sitúa claramente a Jack en el héroe por excelencia, en la proyección de todos nosotros del héroe hercúleo. Héroe solitario y aislado, a pesar de estar rodeado de gente, héroe sufriendo su dualidad.

De nuevo un juego de nombres, un tal MiKhaelBakunin[1] aparece como elemento superviviente también en la Isla, aportando pequeñas sorpresas.

Por primera vez se habla de una lista en la que todos no están, en la realidad en la cual que hay otro líder que no es precisamente Ben, Benjamin Linus y por primera vez encuentra la verja electromagnética que rodea a la iniciativa Dharma.

Continuamos compartiendo la sombra personal que hace que todos nuestros pasajeros naufragados fueran ya de entrada, almas perdidas, almas perdidas sobre todo para sí mismas.

Iremos viendo si esta Isla es el atractor que saca lo mejor de ellos mismos o todo lo contrario.

Jose López


[1] Guiño al personaje real Mijaíl Bakunin, anarquista ruso contemporáneo de Karl Marx, gran defensor de esos postulados, especialmente las tesis colectivistas.

lunes, 16 de mayo de 2011

Lost Tercera temporada



La tercera temporada comienza con un salto que aparece desconcertante al principio, pero que nos acerca al primer insight, a la primera conexión con los otros en la Isla desde otra perspectiva.

Un primer encuentro dándonos la clave de cómo se inicia el accidente y su conexión con los otros, aparentemente meros observadores, testigos.

Que además, en su mundo, en esa otra ciudad mantienen sus diferencias estando algunos “fuera del libro” como señala Ben (Ben Linus).

Los flashback se hacen más intensos e interesantes, hacen más comprensible el mundo de donde vienen y en donde se encuentran, tras el secuestro por los otros y la traición de Michel.

Enjaulados como animales, así se despierta Sawyer, también le ocurre a Jack donde se encuentra por primera vez con Juliet y de repente un salto a su sombra, como maneja la relación afectiva con su ex, como está atrapado en los celos y en la necesidad de control. Eso le estalla en la cara en su encuentro con Juliet, otro tipo de manifestación de su ánima, muy diferente a Kate, a la vez que se va viendo en los recuerdos su potente complejo paterno, donde los celos y la inseguridad se le disparan más aún, haciéndonos presumir extrañas dudas en la relación de su padre con su ex.

Kate es la única recibida en “aparente” libertad, o al menos en mejores condiciones, pero para señalarle que estas van a empeorar.

Por otro lado todo el enjaulamiento de Sawyer, su intento de huida, parecen un guiño al clásico de Ci-Fi, el planeta de los simios, la primera versión, donde el protagonista es tratado como un animal y sin derechos, siendo aquí en lugar de los simios, los otros.

Nos encontramos ahora viendo a la vez dos bloques en acción: Los otros con sus prisioneros (Jack, Sawyer y Kate) y el grupo de Sayid y Sun con su pareja, buscándolos. De nuevo apareciendo actitudes poco recomendables de cada uno, como Sun de niña mintiendo a su padre mafioso o ya adulta cuando vive su intenso amor prohibido, cargado de terribles consecuencias.

Junto a esto John Locke despierta de la implosión de la escotilla mudo, un claro indicio de que debe ir para adentro, de no poder comunicar; de hecho decide recurrir al medio antropológico más antiguo de conectar con el inconsciente, tomando un brebaje alucinógeno y este le reporta un camino.

Cada hombre por su camino, cada hombre por libre señala Sawyer a Kate para que se marche de las jaulas de los otros. Al final Benjamín le señala a Sawyer la existencia de otra isla, dos islas para el mismo mundo, mismo problema, dos mundos en diferentes tierras, algo muy común entre nosotros, nos separan espacios pequeños, pero nuestras miradas nos señalan como auténticos desconocidos.

En esta temporada, como descubre rápidamente Eko, los muertos siguen señalando su presencia. ¿Quién o que facilita esa manifestación de almas en pena relacionadas con la Isla como lugar de su muerte, o como dramas traídos a la isla del pasado?

Pronto vemos la relación con el Humo Negro. ¿Pero que es el Humo Negro?, la duda seguirá hasta la quinta temporada.

Jose López

sábado, 30 de abril de 2011

Insatisfacción




En algún momento nos damos cuenta. Cada día solemos hacer algo parecido. Nos despertamos, trabajamos, comemos, interactuamos con otras personas, hablamos por teléfono, nos conectamos a Internet, vemos las noticias. Pero llega un instante en que sentimos un vacío. Algo nos falta. Algo que anhelamos y no sabemos qué es, aunque estamos seguros de que es algo muy importante, algo crucial y transcendental para nosotros. Pero se nos escapa, y nos invade esa molesta sensación de insatisfacción. Luego nos mentimos a nosotros mismos para hacernos creer que conseguiremos conjurar ese estado con un buen vino, un trabajo gratificante, la vida en pareja o la confianza en unas ideas políticas. Pero resulta que no. Que la insatisfacción acaba volviendo y nos vuelve a pinchar con sus insidiosas agujas, que no sabemos muy bien como evitar.

El sociólogo polaco Zygmunt Bauman habla de lo que él denomina “vidas desperdiciadas”, para referirse a los millones de vidas que se pierden en las cloacas de la pobreza, el hambre y la desesperación creadas por un sistema económico y social injusto, inherente al capitalismo moderno. Esas miles de vidas son catalogadas por el sistema como desperdicios o residuos que el sistema debe reciclar para mantener la homeostasis, el equilibrio, residuos que toman forma de refugiados, de desplazados, de inmigrantes sin papeles, de desahuciados del sida, de niños famélicos y masas de desaparecidos en la fosas del olvido. Con todo, creo que esas “vidas desperdiciadas” pueden ampliarse también al mundo rico y próspero, encerrado en las fronteras del bienestar, el consumo y la alta tecnología. Unas vidas que se desperdician no tanto en función de la miseria material como de la miseria psíquica. Individuos que repiten día a día una serie de mecanismos inconscientes, absolutamente alienados de las fuerzas arquetípicas que los gobiernan, totalmente desconectados de lo que expresan sus más profundos anhelos, una especie de zombis con pinta de sanos consumidores que se arrastran por las oficinas, los centros comerciales, las redes de transporte y los sofás de sus casas. Insatisfechos, inconscientes, expropiados de sus propias potencialidades como seres humanos.

Y así llegamos a Lost, el mundo aislado de la isla donde parecen haber ido llegando, por pura precipitación física, esas almas descarriadas, esas vidas que estaban desperdiciadas y que no tenían visos de dejar de estarlo. Personas incapaces de comprender su sentido de la vida, el porqué y para qué están en este mundo. Pues aunque el determinismo azaroso del cientifismo y la gélida sorna del ateismo se complazcan en el absurdo de la existencia, resulta que al final esa insatisfacción profunda y repetitiva porta el mensaje de la aspiración a algo más profundo y diferente, a un algo cuya mera búsqueda ya proporciona sentido y significado, y cuya ausencia produce sufrimiento, aunque muchos no lo reconozcan más que en la intimidad de sus dormitorios, casi clandestinamente, resignados a buscar donde el sistema dice que hay que buscar.

En la isla de Lost van recalando algunos grupos de insatisfechos, unas vidas ya casi desperdiciadas, como los recurrentes flash backs nos muestran continuamente, y que al menos en la isla encuentran esa excitación vital que a muchos ya les resultaba desconocida, de tanto como habían olvidado las llamadas de la pasión. Ya no están en el viejo mundo, si no en un nuevo continente formado por la isla principal sin nombre y la isla Hydra, un archipiélago, en realidad, en medio de un océano enorme y desconocido. Por eso cuando en nuestro mundo estalla una guerra o comienza una gran fiesta la gente cree que entra en un espacio de nuevas potencialidades, en el que cualquier cosa nueva e interesante puede pasar. Entonces se relaja la insatisfacción sorda y brota el anhelo con toda su energía. En Lost también hay una guerra, y una fiesta, y un ritual continuado que no da tregua y hace que los personajes dejen a un lado la insatisfacción que arrastraban como cadenas o al menos sientan la excitación de la vida en la misma frontera de la muerte, la vida en estado puro, en definitiva. Quizás eso es lo que anhelaban en sus vidas pasadas, cuarteadas y arrugadas, despojadas de norte y orientación. En la isla nada hay seguro, salvo que se vive con absoluta intensidad. Todo un regalo, quizás el principal, el más valioso, de la isla.

Gil-Manuel Hernàndez

domingo, 17 de abril de 2011

La isla de los vivos "murientes"


En los últimos decenios, especialmente en los últimos años, han arrasado las películas y series sobre zombis, sobre muertos vivientes. La última en triunfar ha sido la serie The Walking Dead, pero antes también lo fueron novelas como Guerra Mundial Z o Zombi. Guía de supervivencia, ambas de Max Brooks o films como Zombieland o 28 días después. Este fenómeno, que arranca en 1968 con la mítica La noche de los muertos vivientes, dirigida por George A.Romero, revela una gran eclosión de la creatividad colectiva alrededor del tema de los muertos andantes (“caminantes” sería más exacto), o vivientes. Se les llama así porque son humanos que murieron a causa de una enfermedad altamente infecciosa y letal, una suerte de virus, que después los revive en un estado cuasi vegetativo. Los muertos pueden andar y moverse toscamente (en las últimas películas también de manera rápida), y solo persiguen matar humanos vivos para alimentarse de sus entrañas y proseguir así su deambular errático.


Es como mínimo interesante que la eclosión creativa sobre los zombis se haya producido justo en el momento de aceleración y globalización de la modernidad, pero también de su crisis, que ha arrastrado los grandes proyectos colectivos y ha generado una especie de desorientación colectiva solo mitigada por la compulsión consumista y un aumento de las patologías de todo signo. Un tema que está también en el fondo de Lost, por la circunstancia de pérdida de norte individual y colectiva de los protagonistas. Sin embargo, existe una diferencia muy clara entre la problemática de las películas de zombis y Lost, que creo que arroja bastante luz sobre el sentido de estas creaciones artísticas del inconsciente colectivo vehiculadas a través de guionistas y directores. En el género zombi los muertos vivientes expresan la muerte psíquica mientras se mantiene una mínima vida física. Los zombis están muertos como seres humanos, especialmente como psiques humanas, pero una mínima actividad cerebral permite toscos e inconexos movimientos físicos, que buscan devorar carne con la intención de mantenerse en este lastimoso estado. En ese sentido, los muertos vivientes pueden ser una magnífica metáfora de los millones de personas con sus psiques descuidadas, abandonadas a su suerte, dominadas tan solo por la compulsividad de lo inmediato, deambulando por centros comerciales, estadios de fútbol, platós de televisión o ciudades atestadas. Por el contrario, en Lost ocurre una cosa bien distinta: los habitantes de la isla están bien vivos, pese al accidente fundador de su epopeya.


Así, al contrario que los zombis, que son muertos vivientes, los personajes de Lost son vivos “murientes”, que no moribundos, pues están vivos a costa de morir repetidas veces, que es lo que a los seres humanos les suele suceder en la vida. Un conjunto de muertes físicas para alimentar la vida psíquica. Los protagonistas de Lost caen del cielo a la isla en un accidente espantoso, es decir, experimentan una muerte, solo para conocer el valor de la vida y renacer en la isla, donde también irán muriendo al tiempo que renacen. De alguna manera, al final toda la serie es una entrelazada danza de vida y muerte, donde esta última sirve a la vida, que es siempre el telón de fondo, la energía que lo anima todo, que incluye la desaparición física, pero no la psíquica. Es más, en Lost uno comprueba que los zombis son los personajes antes de llegar a la isla, como Neo antes de acceder a la aventura de Matrix. Con apariencia de vida, pero muertos en el fondo a la vida, a sus desafíos y potencialidades. Solo que en el figura del zombi esta condición está especialmente encarnada, o si se prefiere descarnada, mostrada con toda su fealdad y repulsividad, evidenciando, pese a los costosos maquillajes y efectos especiales de las películas, más una condición interna que la apariencia externa, expresando la podredumbre o el desolado paisaje de las almas individuales libradas a su propia decrepitud.


En la isla de Lost ya no hay zombis: hay muerte, pero no muertos vivientes. Hay vida, pero también vivos “murientes”, que solo muriendo en sus existencias confieren sentido y significado a la vida y a la propia isla, que viene a expresar la vida misma y el misterio del cosmos. Porque, hay que admitirlo, no es lo mismo estar perdido que estar muerto. Los perdidos andan desorientados pero buscan un norte. Los muertos vivientes andan también desorientados pero no tienen la consciencia de estar perdidos, solo “viven” maquinalmente sin buscar ningún sentido a su existencia, que ya no es tal, sino una cáscara vacía de vida. La isla de Lost es verde y exuberante, lejos de las oscuridades y grises paisajes de las películas de zombis, y en ella moran los vivos “murientes” que la sufren y la gozan. Al fin y al cabo es comprensible, pues no han perdido el alma, y eso se nota.


Gil-Manuel Hernàndez i Martí